Un seto parece un punto final. En mitad de un campo en febrero, con el viento bajando de la cresta y nada verde a la vista, la línea de endrinos del fondo se lee como el límite de las cosas: el lugar donde acaba este campo y empieza el siguiente. Desde luego es para lo que se plantó. Casi todos los setos de este país se pusieron para dejar algo fuera, o más a menudo para dejar algo dentro, y los más antiguos para decir de quién era cada campo.
La gran oleada de cercamientos va aproximadamente de 1750 a 1850 y añadió unos 320.000 kilómetros de seto. Pero una minoría considerable es mucho más antigua: un seto en el lindero de una parroquia suele ser el lindero mismo, anterior a los campos que tiene a ambos lados.
Recórrelo a lo largo en vez de cruzarlo, sin embargo, y deja de ser un punto final. Se convierte en una frase. A lo largo de once días, la primavera pasada, seguimos una sola línea de seto durante cincuenta kilómetros, desde el final de un camino a las afueras de Ockley hasta el punto en que se agota al borde de un polígono industrial. No estábamos contando especies, aunque contamos algunas. Queríamos saber qué hacía el seto que un muro no puede hacer.
Lo que un muro no puede hacer
La respuesta corta es que un muro lo detiene todo y un seto selecciona. Es permeable de un modo muy concreto sobre lo que deja pasar. Un tejón pasa por debajo, usando el mismo hueco que usaron sus predecesores, el hueco se convierte en un paso y el paso aparece en mapas dibujados con un siglo de diferencia. Un chochín entra y ya casi no sale: pasará casi toda su vida a unos cientos de metros de donde nació, y para ese pájaro el seto es el mundo entero.
Un lirón careto no cruza ocho metros de terreno abierto. Ese número es la razón por la que los setos importan más de lo que sugiere su superficie. Ocho metros no son nada y, aun así, bastan para que una población de lirones a un lado de un hueco y otra al otro lado sean dos poblaciones en vez de una, con todo lo que eso implica para cuánto durará cada una. Restaura el seto en ese hueco y vuelven a ser una sola población. No hace falta cambiar nada más del paisaje.
El lirón careto es el ejemplo habitual porque es muy reacio a bajar al suelo, pero el principio vale para una larga lista de invertebrados de bosque que sencillamente no se dispersan por la tierra de labor desnuda.
Un seto no es un límite entre dos hábitats. Es un hábitat que resulta tener tres metros de ancho y cincuenta kilómetros de largo. Dra. Marian Ellis, Ockley Hedgerow Survey
Once días, cincuenta kilómetros
No fue un paseo pintoresco. Una línea de seto no sigue el recorrido que tú elegirías y, durante dos de los once días, bordeó el arcén de una carretera secundaria con camiones a un metro de nuestros hombros. El seto seguía allí, seguía haciendo su trabajo, seguía llevando una cinta continua de zarza y espino a través de un tramo de campo que por lo demás había quedado reducido a superficies.